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Casa Zoreli Magazine

FELIPE OTAÑO

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Formado en el teatro y con una trayectoria que ha transitado entre la escena, la televisión y el cine, el actor Felipe Otaño alcanzó proyección internacional al interpretar a Carlitos Páez en La sociedad de la nieve, la película dirigida por J. A. Bayona para Netflix. Inspirada en la tragedia de los Andes de 1972, la producción se convirtió en un fenómeno global y fue reconocida con una nominación al Premio de la Academia como Mejor Película Internacional, consolidándose como una de las obras cinematográficas más importantes de los últimos años.

Pero el recorrido de Otaño trasciende los reconocimientos. Su manera de entender la actuación parte de un lugar profundamente humano: la observación, la sensibilidad y la búsqueda constante de aquello que da verdad a un personaje. Cada personaje representa un nuevo territorio por explorar, pero también una oportunidad para observarse a sí mismo desde otra perspectiva.

 

En esta edición de Casa Zoreli conversamos con Felipe Otaño sobre el camino que lo ha llevado hasta aquí. Más allá de los personajes y los reflectores, comparte las experiencias que han definido su manera de mirar el mundo, los desafíos que han acompañado su crecimiento y la filosofía que hoy guía tanto su carrera como su vida.

Pasos firmes 

Antes de que la actuación encontrara un lugar en su vida, Felipe Otaño ya había descubierto otra manera de construir su identidad. El deporte fue el primer espacio donde aprendió el valor de la disciplina, la constancia y la amistad. El fútbol ocupaba buena parte de sus días y, con el paso de los años, el tenis y el running se sumaron a una rutina que todavía conserva. Algunas pasiones cambian; otras simplemente evolucionan y encuentran nuevas formas de acompañarnos.

Lo que nunca imaginó fue que su vida terminaría tomando un rumbo completamente distinto.

A diferencia de muchas historias que parecen escritas desde la infancia, Felipe no creció convencido de que sería actor. La actuación no era un sueño, ni un objetivo, ni siquiera una posibilidad que ocupara sus pensamientos. Formaba parte de las actividades del colegio, una clase más dentro de la semana, hasta que comenzó a ocurrir algo que él mismo todavía no alcanzaba a comprender.

Fuera del escenario era reservado. Prefería escuchar antes que hablar y mantenerse lejos del centro de atención. Sin embargo, cada vez que se enfrentaba a una obra escolar, aparecía una versión completamente distinta de sí mismo.

“Mis padres se daban cuenta de que ahí había algo que me gustaba. Me veían transformado. Yo era muy tímido, pero cuando me subía al escenario, algo en mí cambiaba”.

Fue su madre quien decidió dar el siguiente paso e inscribirlo en un curso de teatro. No porque existiera un plan diseñado, sino porque entendió el valor de explorar aquello que despertaba algo genuino en su hijo. Ese gesto, aparentemente pequeño, terminaría cambiando el rumbo de su historia.

Al principio llegó el miedo. Después, el entusiasmo. La actuación se convirtió en un espacio donde se sentía libre. De hecho, su primera oportunidad apareció de la forma menos esperada: una compañera compartió un casting en el grupo de teatro, Felipe decidió presentarse sin demasiadas expectativas y consiguió el papel. Su carrera comenzó antes de que él mismo pudiera responder una pregunta que tantos jóvenes intentan resolver demasiado pronto: ¿a qué quiero dedicar mi vida?

Quizá esa sea una de las ideas más valiosas que deja su historia. No todo propósito aparece desde el principio, ni toda vocación nace como una certeza. A veces la vida pide algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: permanecer abiertos. Explorar nuevos intereses no significa abandonar quienes hemos sido; significa permitir que nuevas versiones de nosotros también tengan espacio para existir.

Felipe nunca dejó atrás aquello que lo formó. El deporte continúa siendo parte de su vida, los amigos de la infancia siguen ocupando un lugar esencial y la persona que era antes del cine permanece intacta. Lo que cambió fue su disposición para aceptar oportunidades que jamás había imaginado. Y quizá ahí resida una verdad silenciosa: el futuro rara vez llega con la forma que esperamos. Con frecuencia aparece disfrazado de una clase cualquiera, de una conversación familiar o de una oportunidad que parecía demasiado pequeña para cambiarlo todo. La diferencia está en atreverse a descubrir qué puede ocurrir cuando decidimos dar el siguiente paso.

La sociedad de la nieve 

En 2023, La sociedad de la nieve llegó a Netflix y rápidamente se convirtió en uno de los mayores fenómenos cinematográficos de la plataforma. Dirigida por J. A. Bayona e inspirada en la tragedia de los Andes de 1972, la película emocionó a millones de espectadores alrededor del mundo y devolvió al centro de la conversación una historia que, más de cincuenta años después, continúa hablando de solidaridad, resiliencia y de la extraordinaria capacidad del ser humano para encontrar esperanza incluso en los momentos más difíciles.

Para Felipe, su camino hacia la película estuvo marcado por casi nueve meses de castings y espera. 
 

“Lo primero que sentí fue alivio”, recuerda al hablar del momento en que supo que formaría parte del elenco.

"Interpretar a Carlitos Páez significó asumir una responsabilidad poco común", nos cuenta Felipe Otaño en la entrevista para Casa Zoreli.

 

No se trataba de construir un personaje desde la imaginación, sino de representar a una persona cuya historia continúa viva. Para prepararse, el elenco viajó a Uruguay, recorrió los lugares donde todo ocurrió y dedicó semanas enteras a ensayos e investigación. Felipe también tuvo la oportunidad de conocer a Carlitos, descubrir su historia desde la cercanía y observar esos pequeños detalles que rara vez aparecen escritos en un guion: la forma en que saluda, cómo habla, cómo respira o incluso cómo sostiene un vaso de agua.

Cuando el rodaje de La sociedad de la nieve llegó a la escena de la avalancha, una de las escenas más fuertes de la película, Felipe Otaño ya no compartía el set con un grupo de desconocidos. Después de meses de preparación, ensayos y jornadas de filmación, el elenco había construido algo difícil de fabricar: confianza, complicidad y una amistad que crecía al mismo ritmo que la película.

 

Por eso, aquel día significó mucho más que recrear uno de los momentos más devastadores de la historia.

 

Mientras Carlitos Páez perdía a dos de las personas más importantes de su vida, Felipe veía a Feli Ramusio y Blas Polidori, sus amigos dentro y fuera de la pantalla, tendidos sobre la nieve, inmóviles, interpretando la muerte. El desgaste físico hacía el resto. Llevaban semanas de rodaje, una estricta preparación para representar las condiciones extremas de los Andes y, ese día, él además filmaba con fiebre.

“Yo los veía y no respiraban. Estaban pálidos. Eran mis mejores amigos del elenco. Verlos así me destrozó”.

Felipe otaño x Casa Zoreli

La película seguía adelante, pero el grupo ya no volvería a estar completo.

 

Esa experiencia terminó cambiando algo más profundo que su carrera. Cuando regresó a Argentina después del estreno, Felipe sintió que había vivido mucho más de lo que imaginaba posible en tan poco tiempo. Convivir durante casi dos años con una historia como La sociedad de la nieve dejó una huella que va mucho más allá del reconocimiento internacional.

 

Al preguntarle qué fue lo más valioso que se llevó de todo ese proceso, su respuesta no comienza hablando de premios, estrenos o nuevos proyectos.

 

Comienza hablando de personas.

 

De los amigos que todavía forman parte de su vida. De todo lo que aprendió observando a actores con más experiencia. De los vínculos que sobrevivieron al último día de rodaje. Porque algunas películas terminan cuando aparecen los créditos. Otras continúan viviendo en quienes las hicieron posibles.

ADAM X

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LO QUE NO SE VE

Confiesa que, en ocasiones, la gente suele imaginarlo mucho más serio de lo que realmente es. Lejos de incomodarlo, disfruta romper esa primera impresión. Le recuerda que, incluso cuando creemos conocer a alguien, casi siempre estamos viendo apenas una pequeña parte de quien realmente es.

 

La reflexión se vuelve todavía más profunda cuando habla de la fama.

“Es imposible conocer a una persona por lo que sube a las redes. Todos sufrimos, todos tenemos nuestros problemas. Nadie tiene la vida ideal”.

Vivimos acostumbrados a observar fragmentos. Un minuto de una entrevista. Una fotografía perfectamente elegida. Quince segundos de un video. Con eso construimos opiniones, admiramos, criticamos o incluso envidiamos vidas que, en realidad, nunca hemos conocido.

 

Quizá el verdadero desafío no sea dejar de admirar a quienes inspiran, sino aprender a hacerlo sin olvidar que siguen siendo personas. Antes que actores, músicos, empresarios o deportistas, existen seres humanos que también dudan, se equivocan, sienten miedo, atraviesan pérdidas y buscan, igual que cualquiera, una vida tranquila.

 

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Felipe no habla de la fama como una meta ni como una carga. Habla de algo mucho más sencillo: de la importancia de mantenerse cerca de lo cotidiano. Porque, cuando el reconocimiento deja de definir quién eres, todavía quedan las conversaciones con los amigos, la familia, los pequeños hábitos y los momentos que nunca aparecerán en una publicación.

Hay algo profundamente conmovedor en escuchar a Felipe Otaño hablar de su carrera. No es la ansiedad del que busca fama, ni la urgencia del que teme quedarse atrás. Es la paciencia activa de alguien que entiende que construir un oficio —y una vida— no se trata de los reflectores, sino de la consistencia con la que te presentas ante ti mismo.

 

Cuando las cámaras se apagan, Felipe no se transforma en otro. Vuelve a ser el que siempre fue: el que se rodea de los que lo vieron antes de que existiera el personaje, el que entiende que el éxito sin raíces es solo ruido pasajero. Y quizá esa sea su enseñanza más silenciosa y poderosa: la autenticidad no es un acto de rebeldía, es un acto de memoria. Recordar quién eras antes de que el mundo te dijera quién deberías ser.

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Mientras continúa construyendo personajes frente a la cámara, también escribe. Piensa en dirigir. Desarrolla historias propias.

Más que un cambio de rumbo, parece una expansión natural de su oficio. La actuación dejó de ser el único lugar desde donde contar historias. Ahora también le interesa imaginar cómo nacen, cómo se sostienen y qué ocurre detrás de ellas. La curiosidad ya no termina cuando termina una escena.

Quizá eso explique por qué hablar con él deja la impresión de alguien que no persigue una versión definitiva de sí mismo. Hay una confianza poco común en el tiempo, en el proceso y en la posibilidad de seguir cambiando sin sentir la necesidad de llegar demasiado rápido a algún lugar.

Después de todo, las carreras más interesantes rara vez se construyen a partir de certezas. Se construyen a partir de la decisión de seguir haciendo el trabajo, incluso cuando el siguiente capítulo todavía no tiene un final escrito.

Felipe Otaño X Casa Zoreli

Felipe otaño x casa ZORELI

Hay una extraña tranquilidad en aceptar que todavía no existe una versión definitiva de uno mismo.

Durante esta conversación con Casa Zoreli, Felipe nos muestra que no aparece la urgencia por fijar una identidad, ni por convertir cada paso en una certeza. Todo parece moverse: las ideas, los miedos, las ambiciones e incluso la manera de entender el éxito. Lo único que permanece es la disposición a seguir habitando el cambio sin intentar detenerlo.

Por eso resulta difícil separar al actor de la persona. No porque sean lo mismo, sino porque ambos siguen escribiéndose al mismo tiempo.

Desde Casa Zoreli, agradecemos profundamente a Felipe Otaño por abrir este espacio de conversación, por su generosidad, honestidad y confianza al formar parte de esta edición. Más allá de las respuestas, nos deja una mirada que recuerda que las historias más interesantes nunca son las que ya están terminadas, sino las que siguen encontrando nuevas formas de contarse.

QUEREMOS AGRADECER AL EQUIPO QUE HIZO POSIBLE ESTO.


 
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